En la Mar del Plata de finales del cincuenta y comienzos del sesenta las tensiones sindicales fueron in crescendo. Las centrales obreras —la UOL, de conducción anarquista, y la CGT peronista— llevaron adelante una serie de medidas de fuerza motivadas por conflictos laborales específicos de la ciudad y otras en apoyo a gremios de distintas regiones del país. En este contexto, la resistencia peronista planificó y ejecutó diversos atentados.
En marzo de 1960, Mar del Plata fue sede de la tercera edición del Festival Internacional de Cine, inaugurado por Perón en marzo de 1954. La noche del trece, la tradicional sociabilidad nocturna que brindaba el tranquilo glamour del concurrido encuentro, -que contó con el estreno de “Hiroshima mon amour” y con la presencia de su director, Alain Resnais- fue alterado por una serie de poderosas explosiones que interrumpieron el sueño de una Mar del Plata que, por entonces, contaba con cerca de 210.000 habitantes. El atentado a la planta envasadora de Gas del Estado protagonizado por militantes de la resistencia peronista fue ejecutado con artefactos explosivos fabricados de manera artesanal con pólvora y dinamita sustraídas de las cercanas canteras de piedras propiedad de José Soldatti y Santiago Dazeo.
Para la organización del atentado, el Comando de la resistencia peronista local -integrado por el mayor Marino Vuelta, Pedro Ernesto, Rene Izus, Armando Nicolella, Norberto Centeno, Miguel Landín, René Izus, José María Cartas, Julio Tomás Troxler, Ángel Altuna y Pedro Alvarez- solicitó respaldo a Juan Carlos Brid, quien recordaba que:
“La Planta era una manzana entera llena de tubos de gas. Un par de serenos la custodiaban. Mar del Plata estaba llena de gente y ese día, el elegido para el operativo, se realizaba la Fiesta de Gala del Festival Internacional de Cine. Fueron dos bicicletas. Ahora, como la bomba no había que tirarla y tampoco se podía saltar el cerco, utilizamos un mecanismo casero pero efectivo. Buscamos un largo palo curvo con un piolín, en la punta un lazo. Se colgó la bomba en la punta del piolín. El lazo era corredizo. Se pasó el palo con la bomba en la punta por encima del alambrado; al levantar el palo corrió el lazo y la bomba quedó en posición de explotar. Era de tiempo, a los pocos minutos explotó. Cuando reventaron los tubos parecía que estaban soldando el cielo con un gran soldador eléctrico, impresionante. Volaban los tubos como cañitas voladoras. Desde Balcarce se veían las explosiones y en Mar del Plata todo el mundo salió a la calle para ver ese espectáculo. Víctimas no hubo ninguna. (…)Después me enteré que a la madrugada cayó la policía al lugar dónde estábamos escondidos, pero ya no había nadie. (…) como manejaba yo y el otro dormía, agarré por cualquier camino, uno de tierra que nos llevó a Necochea y eso también nos salvó porque todas las rutas estaban bloqueadas. En Mar del Plata llevaron a mucha gente amiga y los torturaron así que me nombraron a mí” (Brid, Juan C. Historia de la resistencia, 1955-1970. En Revista Nuevo, Agosto de 1971).

Imagen de El Atlántico, 13 de marzo de 1960
Ubicada en la manzana delimitada por las calles Juan B. Justo, Pringles, Santiago del Estero y Santa Fe, la planta almacenaba alrededor de cinco mil cilindros de gas. A las 0:40 del domingo, el sereno Omar Bautista escuchó una fuerte explosión advirtiendo inmediatamente las gigantescas llamaradas que se recortaban en el cielo nocturno las que alcanzaron los doscientos metros de altura. La dantesca imagen se completaba con el ensordecedor estruendo de las explosiones. Pasados unos quince minutos, llegaron cuatro dotaciones del cuerpo de bomberos que no contaron con la presión hídrica suficiente para combatir el siniestro. Finalmente, el socorro de una autobomba de la Base Naval, otra de la Aeronáutica y dos autotanques —uno de la municipalidad local y otro de YPF y la Escuela de Artillería 601— permitió continuar con las tareas de extinción. En total, siete líneas de mangueras intentaban contener el incendio.
Las casas colindantes fueron evacuadas inmediatamente mientras caían fragmentos de tubos ardiendo, descritos por los entrevistados como las “esquirlas de bombas” que “llovieron” en ocasión del bombardeo a la ciudad el 19 de septiembre de 1955. Los vecinos huían aterrados de sus hogares —como en aquella ocasión — en paños menores entre la espesa nube de humo generada por la combustión del gas.
|El incendio provocó daños de gran magnitud: ardieron un galpón de 7 por 30 metros, dos jeeps, un camión Chevrolet, una camioneta Mercedes Benz, una zorra de carga, dos oficinas administrativas y otras dependencias. Setecientos envases cilíndricos explotaron y otros mil quinientos quedaron inutilizables. Las pérdidas se calculaban en diez millones de pesos de la época. La acción preventiva de los bomberos había evitado la deflagración de dos surtidores de nafta junto con sus tanques subterráneos, así como la de otros cinco mil tubos de gas recientemente almacenados. A pesar de los esfuerzos de los bomberos dos viviendas colindantes resultaron parcialmente dañadas. Las casas incendiadas, ubicadas en la calle Pringles en los números 2473 y 2483, pertenecían a Victoriano Morán e Ismael Machiavelo. Ambas propiedades, al igual que la sede y los materiales afectados de Gas del Estado estaban aseguradas en el Banco Hipotecario.
Finalmente, luego de varias horas de trabajo, los bomberos de la Provincia de Buenos Aires lograron sofocar el fuego alrededor de las 9:30 de la mañana. Las crónicas periodísticas indicaban que las estimaciones de las pérdidas económicas rondaban los cinco millones de pesos. Las radios y los periódicos señalaron que se trataba de una acción política destinada a alterar el orden público con el fin de restaurar “el régimen de oprobio abatido en 1955” y realizaron un seguimiento pormenorizado de las investigaciones. Los medios de comunicación atribuían el «atentado terrorista» a la resistencia peronista.
En forma paralela, la Unión Obrera de la Construcción local repudió los «atentados» y manifestó que los trabajadores estaban en contra de este tipo de acciones y responsabilizó a los sectores más conservadores del gobierno —al general Larcher y a Álvaro y Julio Alsogaray—, quienes, según el gremio, tenían intenciones de reprimir a los trabajadores. Los secretarios del sindicato exigieron la conformación de una Comisión Parlamentaria Investigadora que identificara a los verdaderos responsables de los atentados, los cuales resultaban funcionales a las demandas de profundización de la represión contra el movimiento obrero, sus dirigentes y los partidos afines.
El atentado representó un hito de la resistencia peronista en el interior del país. La prensa vinculó el hecho con otros atentados registrados en Mar del Plata en 1959 en ocasión de la destrucción de ramales ferroviarios locales; en Córdoba, el 16 de febrero de 1960, durante la visita del ministro de Economía Álvaro Alsogaray y el secretario de Guerra general Rodolfo Larcher, cuando fueron detonados los depósitos de nafta de la empresa Shell en el barrio San Fernando que dejó un luctuoso saldo de muertos y heridos y en la Provincia de Buenos Aires cuando en la madrugada del sábado 12 de marzo de 1960 se voló la casa del mayor David René Cabrera en La Lucila, en la que falleció su hija Guillermina de tres años.

Los relatos públicos hegemónicos señalaban a sus ejecutores como «terroristas» y «subversivos» caracterizaciones que se sumaban a las proclamas de organizaciones antiperonistas de la sociedad civil. Tal el caso del Movimiento Cívico Revolucionario de Mar del Plata que calificó a sus autores de «inhumanos especímenes» que respondían a los intereses del «tirano prófugo», según el adversativo vocabulario antiperonista acuñado y propalado oficialmente por el estado y sus “aparatos ideológicos” tras el derrocamiento de Perón. En este sentido, la organización paramilitar argumentaba, en sincronía con la retórica afín a los objetivos del Poder Militar, que: “Las personas que, escudándose en una filiación política, (en este caso los adictos a la dictadura depuesta) cometen atropellos contra la propiedad, actos de sabotaje a sangre fría, no pueden ni deben ser procesados por una justicia común, que solo sirve para permitir su inmunidad con carácter de asilados políticos, o su libertad bajo fianza. El país entero reclama por la sangre que han derramado estos criminales, actos realizados por adictos a un régimen que es sinónimo de terror, despotismo y salvajismo.”
Dicha narrativa configuró mediáticamente al acontecimiento y contribuyó a legitimar en la opinión pública la implementación definitiva del Plan CONINTES avanzando, aún más, en el estado de excepción y profundizando la débil legalidad vigente desde la asunción del presidente Frondizi. El miércoles 23 de marzo de 1960 una gigantesca redada de las fuerzas de seguridad desarticuló la resistencia peronista local. La Unidad Regional VI bonaerense informó que, en el marco del Plan CONINTES, los organismos militares detuvieron a veinticinco personas, que fueron trasladadas a la Base Naval de Mar del Plata inmediatamente puestas a disposición de la autoridad militar.
En los días siguientes se conocieron los nombres de los detenidos: “Nader Bechir, Héctor Isaac Martínez, Alejandro Helsverg, Néstor Rubén Peretti, Pedro Ernesto, José Alberto Diarte, José Laureano Cabral, Norberto Oscar Centeno, Ángel Altuna, Cayetano Nicolella, Víctor José Sardot, Alfredo Armando Krainsbul, Rosario Alberto Forte, Marino Vuelta, Héctor Antonio Di Muro, Carlos Evaristo Menéndez, Dionisio Ángel Pereyra, Oscar Elio Dubini, José Roque Rosales, Alfredo Buffarini, José Micalizzi, Antonio Lapadula, Héctor Tomás Ortiz, Fernando Boterón y Edgardo Marchesi” (El Atlántico, 23 de marzo de 1960). Muy extraña resultaba la mención en el listado de José Micalizzi, simpatizante radical y preso desde 1958 por asesinar al doctor Ramón Varela en el entonces Sanatorio 25 de Mayo.
Por otra parte, a raíz de estas detenciones, El Atlántico señaló la existencia de vínculos entre algunos activistas de Mar del Plata y otras ciudades como Olavarría, Tandil y Balcarce, además de su relación con el “Consejo Coordinador y Supervisor del peronismo”. Los detenidos fueron finalmente sentenciados por el Consejo de Guerra Especial de Puerto Belgrano a penas de quince, doce, diez, cuatro y dos años de prisión y trasladados a Bahía Blanca. Solo uno fue absuelto, mientras que otros fueron remitidos a tribunales civiles. Quienes recibieron las penas más altas, Centeno, Pereyra y Menéndez, no fueron los ejecutores del ataque a la planta de Gas del Estado, sino que fueron juzgados bajo la acusación de que en su estudio “se realizaban las famosas reuniones del CORP (Centro de Organización Revolucionaria Peronista)” donde, según las autoridades policiales, se había planificado el atentado. Las condenas se cumplieron en el presidio de Ushuaia reabierto con la finalidad de agravar los tormentos a los condenados.
A la una de la mañana del 13 de marzo arribaron a la ciudad el jefe de la Policía Federal, contraalmirante Enrique Niceto Vega y el jefe de la Policía Bonaerense, inspector general Juan José Parotti, que fueron acompañados por el jefe y subjefe de la Unidad Regional Sexta de Policía, inspector general Eduardo Santos y su segundo, Héctor A. Echepare. Los jerarcas contaban con información proporcionada por los servicios de inteligencia de las fuerzas de seguridad. La Policía Federal, con asiento en la ciudad, aconsejó inmediatamente la detención de «elementos sospechosos» minuciosamente identificados con anterioridad según consta en los informes de la DIPBA. Los efectos político institucionales de la acción fueron inmediatos: la infiltración de la resistencia peronista permitió a las fuerzas de seguridad conocer las alternativas previas de la acción con el fin de justificar, frente a lo que se presentó como una escalada de violencia insurreccional que incrementaba el clima de inseguridad y violencia política, el establecimiento definitivo del Plan CONINTES y como en junio de 1956 aplicar acciones punitivas extremas y ejemplificadoras para desarticular la oposición peronista que, frente a la represión y la proscripción, optó por la militancia clandestina y la violencia insurreccional.
Referencias:
Bartolucci, Mónica. La juventud maravillosa. La peronización y los orígenes de la violencia política 1958-1972. Buenos Aires, EDUNTREF, 2019.
Bilbao, Carolina. “Terroristas”, “subversivos”, «saboteadores» e «infiltrados comunistas»: El Plan CONINTES y la construcción del enemigo interno en la prensa marplatense durante el gobierno de Frondizi (1958-1962). Sociohistórica, 54, e238, 2024.
Bilbao, Carolina. El problema de la violencia estatal en escala local: La implementación del Plan CONINTES en la ciudad de Mar del Plata durante el gobierno de Frondizi (1958-1962) (Tesis de licenciatura inédita). Universidad Nacional de Mar del Plata, 2023.
Bozzi, C., & Viafora, P. (2024). 1960: Plan Conintes en Mar del Plata. Editorial Martín. Mar del Plata
Fayó, I. El plan CONINTES y la conflictividad socio-política durante el gobierno de Arturo Frondizi (1958-1962) (Tesis de licenciatura inédita). Universidad Nacional de Mar del Plata, 2023.
Melon Pirro, J. C. La resistencia peronista o la difícil historia del peronismo en la proscripción (1955-1960). Buenos Aires, Editorial de la Universidad Nacional de Mar del Plata, Grupo Editor Universitario, EUDEM-GEU, 2018.
Fuentes:
Comisión Provincial por la Memoria – Fondo DIPPBA División Central de Documentación Registro y Archivo. Mesa DS, Carpeta “Material Bélico”, Legajo 20, Folio 2.
Comisión Provincial por la Memoria – Fondo DIPPBA División Central de Documentación Registro y Archivo. Mesa DS, Carpeta “Daños”, Legajo 770, Folio 2.
El Atlántico, 13, 16, 17, 20, 23 de marzo y 30 de marzo de 1960.La Capital, 14 de marzo de 1960.
Brid, J. C., “1955-1970. 15 años de Resistencia”, en: Nuevo Hombre, Buenos Aires, agosto de 1971.
Francisco Santillán y Esteban Soroeta