(Jujuy,  22 de septiembre 1908 – Campo de Mayo, Provincia de Buenos Aires, 11 de junio de 1956).

            Su servicio en las Fuerzas Armadas incluyó su participación en el Comando General de Defensa Antiaérea antes de ser ascendido a Coronel.

            Participó de la conspiración de Valle y Tanco. Junto a Ricardo Ibazeta estaban encargados de tomar Campo de Mayo. Tenía la misión de apoderarse de la Agrupación de Infantería de la Escuela de Suboficiales Sargento Cabral.

            A las dos de la mañana del 10 de junio parlamentaron con emisarios del responsable de la Guarnición, General Juan Carlos Lorio. Se rindieron al no llegar la orden del coronel Rubén Berazay, la transmisión radial revolucionaria o el oscurecimiento de Campo de Mayo. Esperaban en el lugar, acompañados de Noriega, Videla, Caro y Cano (ayudante de Cortines). A la hora, fueron trasladados Cortines e Ibazeta y el resto quedó detenido, bajo la custodia del  mayor Dillón. Se agregó a ellos el Dr. Pignataro, que había buscado infructuosamente a Berazay.  Todos los detenidos fueron trasladados, finalmente, junto a Ibazeta y Cortines.

            La ley marcial fue difundida a las 0,32. Llegó a Campo de Mayo después de las 3 de la mañana. Lorio convocó  a un Consejo de Guerra Especial para juzgar a los insurrectos. A las 10 de la mañana comenzaron a sesionar. Pidieron a Cortines que designara defensor, quien se negó  a hacerlo para no “comprometer a nadie”. Fue el primero en ser juzgado.

            P: ¿Quién es el jefe de la revolución?

            R: Lo saben hasta los niños, los generales Valle y Tanco.

            P: ¿Quién es el jefe en Campo de Mayo?

            R: Eso no lo digo porque no soy delator, pero me hago responsable por todos.

            P: ¿Cuáles son los móviles de la revolución?

            R: Elecciones en 180 días; fin de las intervenciones a los gremios, fin de las persecuciones a militares y civiles; respeto a la Constitución; mantenimiento de los cuadros de las Fuerzas Armadas; libertad para todos los partidos políticos sin exclusiones ni proscripciones; absoluta y real libertad de prensa.

            El fiscal pidió la pena de muerte. El Consejo dictaminó: “no ha lugar la pena de muerte”. Así ocurrió con el resto de los detenidos.

            El General Lorio fue citado al Ministerio de Ejército: El general Arturo Ossorio Arana le impuso la decisión del gobierno de fusilar a los insurrectos. La decisión estaba contenida en el Decreto 10.364.

            Lorio pidió a sus subordinados que busquen un sacerdote. Llegó a Campo de Mayo a las 22 horas. Reunió nuevamente al Consejo de Guerra. Habló nuevamente con Ossorio Arana, quien le dijo que la potestad es de la Presidencia. Intentó hablar con Aramburu. La respuesta fue: “Esta es la consigna, general, el presidente duerme”. Volvió a hablar con Ossorio Arana pidiéndole que se comunique con Aramburu. Tiempo después, el Ministro Ossorio Arana le comunicó que debía proceder a ejecutar el Decreto vigente.

Cortines pidió una botella de coñac y el permiso para despedirse del Dr. Pignataro, que estaba en una celda contigua. Le pidió disculpas por haberlo embarcado en el levantamiento y le encargó a sus hijos, ya que por su condición de médico era exceptuado del fusilamiento.

Sus últimas palabras fueron para el pelotón de fusilamiento: “Soldados: lo que he hecho lo he hecho por la Patria; ustedes cumplan con la orden que les están dando, es su deber de soldados y yo no les guardo ningún rencor. ¡Viva la Patria!”

Tras el fracaso de la revolución, Juan J. Valle fue a la casa de Cortines, preguntando por su esposa. Fue atendido por una de sus hijas.

Cortines estaba casado con Nélida Tojo, con quien tuvo tres hijos: Alcibíades, Marta Alicia y Graciela Estela.

Tiempo después Juan D. Perón, quien había desaprobado la intentona revolucionaria de manera previa y posterior, escribió a la viuda, diciéndole que su esposo había muerto como un héroe.

Referencias:

Arrosagaray, Enrique. Valle y la revolución del 9 de junio. Buenos Aires, Ed.del autor, 1997.

Ferla, Salvador. Mártires y verdugos. Buenos Aires, Elevación 1967.

Darío Pulfer