MONTERO, Héctor (entrevista).
–¿Usted recuerda lo que pasó la noche del 9 de junio del ’56 en Lanús? ¿Podría hacer más o menos un relato de lo que paso esa noche?
–Sí. Algunos compañeros nuestros, los hermanos Ross y el querido compañero que lo denominábamos Tarzan fueron tomados prisioneros y colocados aquí en la Regional de Lanús en la calle Juncal entre Salta y Córdoba, y fusilados en horas de la mañana alguno de ellos. Fueron detenidos en distintos lugares de esa fecha nefasta para el movimiento Nacional Justicialista y realmente asesinados porque no hubo ningún tipo de defensa ni ningún juicio que pudiera determinar semejante hecho que ha dejado dolorida a la Patria para siempre.
–¿Se acuerda de los nombres de algunos de los otros compañeros que estuvieron esa noche ahí?
–Sí. Los hermanos Ross y el compañero Albedro que son los tres de los que más conocimientos teníamos nosotros. Todos los años, cerca de esa fecha, y junto con nuestro intendente, viejo militante del peronismo, realizamos en el cementerio de Lomas y en el de Lanús el homenaje que estos mártires del movimiento merecen. Cada uno de nosotros tenía escondida toda la documentación que pudiera ser secuestrada. Yo recuerdo personalmente en el año ’46 hasta el ’55 estuve en los cursos de agregados obreros en las embajadas, eran todos dirigentes gremiales de base, delegados de fabrica; a veces había secretarios generales de gremios muy importantes, estaban representados casi todos los gremios y después de dos años de estudio iban a las embajadas argentinas en el exterior con el titulo de agregados obreros con la misma jerarquía que podía tener un agregado militar o un agregado en distintas especialidades que tenia nuestro ministerio de relaciones exteriores. Algunos de estos agregados obreros llegaron al puesto de embajadores y cumplieron con éxito su tarea. Esto fue novedoso. En el mundo de 1946 lo primero que se le ocurrió al General Perón es elevar culturalmente a nuestros gremialistas de base y enviarlos, nada menos, que a las embajadas argentinas en el exterior. En todo el mundo había, hasta en lugares insólitos como Hong Kong o en el Vaticano, y algunos hasta llegaron a embajadores. Estos muchachos en el año ’55 fueron también perseguidos. Yo recuerdo que de la facultad de derecho traje toda la documentación de ellos y las escondimos en el granero de mi abuela para que no pudiera llegar a manos de los represores, que con seguridad eran la gente que ellos buscaban. No solamente eran militantes peronistas si no que estaban adoctrinados, eran verdaderos misioneros del general Perón y hubieran sido, justamente, los enemigos número uno.
–Volviendo a lo que pasó esa noche ¿Usted recuerda si hubo algunos que se fugaron?
–Sí. Hay un caso típico que es Tarzan, no recuerdo bien el apellido de él. Se escapó disfrazado y todavía vive. Nosotros hemos hecho actos de homenaje a los asesinados, nos reuníamos en Salta y Juncal ahí donde estaba el mástil de la Regional.
–¿Esa noche hubo por lo menos veinte personas detenidas; fusilaron a cuatro civiles y dos militares? –Sí. Los civiles fueron los hermanos Ross, Lugo y Albedro que eran nuestros compañeros.
–¿Usted recuerda si estaban organizados como comandos de la Resistencia?
–Sí. Los había desde el mismo momento. Yo recuerdo de muchos compañeros que a veces no sabíamos del escalón más arriba, porque te imaginas que no se hacía con apellidos y nombres, pero había casas, desde el mismo día de la caída del peronismo, donde se hizo la Resistencia. Y recuerdo al compañero Arias. Yo iba a la casa del otro lado de Lanús pero había que hacer todo a escondidas en la cocina; se recibía lo que Perón mandaba en primer momento del Paraguay o los discos. Estábamos organizados de una forma muy orgánica como toda resistencia.
–¿Tenían contacto con los comandos de Capital?
–Teníamos con todos. Yo estaba en Lanús, conocía a los compañeros, pero como estaba en la parte de los agregados obreros, había una resistencia también sindical. En todo lo que es secreto, clandestino no puede haber una documentación fehaciente. Era todo cara a cara, dos minutos y salir para otro lado. Yo recuerdo tal día a tal hora comer un bife en un restaurant y salir. Mis hijos, nacieron en el ’56 y yo tiraba los “miguelitos” llevando los coches de los chicos.
–¿Hacían pintadas, por ejemplo?
–Las pintadas eran una V y una P que se ponían con obleas en todos lados y era lo que la clandestinidad te permitía, porque había muchos denunciantes. Como en todas las cosas hubo gente que después de eso, te decía que estaba obligado. Lo que se buscaba es que dijera que había sido obligado o que me había enriquecido; yo recuerdo que las investigaciones que se me hicieron, acá mismo en la escuela industrial de Lanús que fui profesor. Te decía lo que yo había logrado en el peronismo, el afecto y el cariño para buscarlo tenía que ir a la fábrica, cuando salían los obreros. Yo nunca tuve foto en el escritorio y tengo medalla peronista, eso lo guardábamos para no exhibirlo ante nadie. El movimiento y el pueblo se mantuvieron, eso no tiene nombre. Somos todos y nadie está identificado. Ese fue el movimiento peronista de la resistencia. Con algunos jefes, por supuesto, muchos de ellos que estaban en la conducción y sobre todo siempre dirigido desde el exterior por nuestro jefe indiscutido que sabía, además, todo lo que iba a pasar. Porque Perón ya en Paraguay dijo que el pez por la boca muere y sino el derecho es de las bestias. Perón lo escribía en una hoja que la íbamos pasando y con el tiempo teníamos para mimeografiar, no había todos esos aparatos que ahora tienen para la difusión. Eso era todo a pulmón. Y ya te digo, se hacían en casas a oscuras muchas veces.
–¿En Lanús había comandos entonces?
–Sí, había. Yo pienso que todo peronista en Lanús, en sí, ya era todo un comando en cierne. El peronista y la familia. Y el 9 de junio muchos de nuestros compañeros cayeron. Yo me acuerdo que fui a Quilmes a ver a Arias, que quedo lisiado y que tuvimos que ir a verlo ahí. Ya el movimiento se empezó a hacer más fuerte. Es la primera vez que pudimos traer a un prócer del exilio, para que muriera en su patria y ese fue el legado que dimos los peronistas, (porque ni San Martin, ni Rosas pudieron regresar al país) a pesar de que tuvimos problemas las dos veces que tuvimos que llegar hasta Ezeiza.
–¿Ustedes qué sentían frente al golpe militar de 1955?
–Sentíamos que la Patria se perdía.
–¿Ustedes se sentían excluidos?
–No excluidos, perseguidos y asesinados. Esto no fue un chiste. Acá no se podía decir nada; si decías “P…” ya te podían agarrar y sobre todo los que estábamos identificados con esto. Se cuidaba mucho este asunto. Nosotros nunca renegamos, siempre tratamos de exponer todo esto. Es el día de hoy que nosotros hacemos doctrina. No te olvides que hay que diferenciar bien al partido de lo que es el movimiento nacional; que no va a morir nunca. Ayer vinimos de un acto, pasamos por el barrio El Ceibo, barrio de una gente extraordinaria que yo las conozco y voy muchas veces allí con grandes amigos, y cuando salía yo para irme estaban diez o doce bombos con pibes de ocho, nueve años tocándolos. Ahí el peronismo ya está listo. Ese pibe hasta los cuarenta, cincuenta años, va a ser peronista. No te quepa ninguna duda.
–O sea, pervive el sentimiento.
–Ah, ¡Sí! Es un sentimiento nacional, justicialista, cristiano, tiene todas las condiciones que a nosotros nos vienen de nuestros ancestros. El sentido de Patria, de lo nacional, de la humildad. Yo ya no te quiero hacer oír los basamentos de la doctrina pero todo el mundo los conoce ya. Y va a ser la doctrina de todo el milenio. No hay ninguna duda. En la fiesta de los colegios hablaba de la doctrina, leía la parte temática de Perón que iba haciendo en todos sus discos. Hablábamos todos los días, subrayábamos los temas y yo la parte de historia. La gente me decía: “¡Muy bien Montero!” Si se llegaban a enterar que era peronista me mataban. Era Perón que hablaba; yo le ponía la esencia.
–¿Ustedes se reunían después de lo que paso el 9 de Junio de 1956 en la Regional?
–Para homenajear a los próceres. A veces hacíamos unos actos, mandábamos una florcita ahí y punto. Es como la Vuelta de Obligado. Íbamos a una casa deshabitada o a la oficina de algún compañero hablábamos un poquito de la proclama de Mansilla, leíamos como era el acontecimiento o íbamos a la Vuelta de Obligado ahí en San Pedro a tirar un ramo de flores y decir unas palabras en homenaje al 20 de Noviembre. Las reuniones eran permanentes, en una esquina, de cinco o diez personas.
–¿Usted se consideraba integrante de los comandos?
–No. Yo siempre estuve, no sé en qué escala, en la Resistencia. Escuchábamos los discursos de Perón, los avisos que Perón mandaba. Se distribuían las tareas, uno armaba los caños, otros se dedicaban a pintar paredes o a mantener la pintada arriba. Nosotros recibíamos las directivas de Perón desde los distintos lugares donde estuvo.
–¿Llegaban a conectarse con Perón?
–Desde luego. Si no hubiéramos tenido nosotros la conducción del General desde el exilio marcando las tareas a realizar… Estaba Paladino y varios referentes del General trayendo indicaciones.
–¿Y los comandos que había en Lanús tenían contacto con los sindicatos?
–Creo que la parte sindical tenía su propia actividad dentro de la fábrica: las comisiones internas. No creo que se haya realizado el contacto porque el General siempre, no por no considerarlos a todos en igualdad, diferenció muy bien la parte política de la parte gremial. Había contacto en cuanto a que todos desembocábamos en la doctrina.
–Mirando en retrospectiva ¿Qué piensa de lo que pasó el 9 de Junio? ¿Qué significado le otorga?
–Lo que teníamos que esperar de la fuerza militar que pensaba que matando a la gente las ideas morían. En la historia argentina hubo muchos casos de estos, estuvo el caso de Dorrego. Cuando llega esta gente al poder, cuando llega la oligarquía al poder, mata. En cambio el pueblo no. El pueblo perdona, creo que no olvida, pero nosotros nunca llegamos a esto. Cuando los caudillos tomaban sus prisioneros iban a veces a ofrecerlos para negociar, en cambio, el partido Liberal, Unitario no tomaba prisioneros. Entonces pienso que en nuestra patria esas dos grandes corrientes se mantuvieron en esa triste época de que el pueblo había perdido a su conductor. El General Perón cuando se va en el ’55 es porque no quería derramar sangre. Hace poco tiempo hablaba con los muchachos de Malvinas que la Argentina prefirió, o por lo menos los peronistas preferimos, el tiempo que a la sangre y el tiempo siempre nos dio la razón. El General Perón hubiera ganado, no me cabe duda, pero hubiera costado vidas. El General dijo: “Me voy, tranquilamente y dejo a toda esa sin vergüenzada, criminal, que asesina desde el poder”.
–¿Esa noche usted no intentó vincularse al copamiento de la Regional?
–No. Esa noche estaba muy diseminada la cosa. Pienso que siempre como en todas las cosas de la vida habrá habido alguna traición para que pudiera llegarse a ese desenlace tan doloroso[1].
[1] Incluido en Polese, Rubén. Vencedores vencidos. La resistencia peronista en el Partido de Lanús. Buenos Aires, El Colectivo, 2014.pp.177-182.