–¿A partir de qué momento se identifica con el peronismo?

–Y, desde el año ’45, o desde antes, desde el trabajo de Perón en la Secretaria de Trabajo y Previsión. Comencé acá con Raúl Pedrera siendo su delegado en el momento que te cruzabas con Laborismo. No se llamaba Movimiento Peronista, si no, Laborismo. El partido lo presidía el compañero Garay en aquel momento, iniciamos la política en Lanús con muy poca gente. Entre los que recuerdo estaba Pedrera, era el caudillo político, Francisco Quindimil, Manuel Bodelo, Ramón Mura, Raúl Cejas, gente que no era de Lanús, o de 4 de junio, que así se llamaba en ese momento. Calveiro y Rodríguez eran del vidrio; que después fue intendente de Avellaneda. Y bueno, ahí se comenzó la lucha.

–Cuando se produce la Revolución Libertadora ¿usted desempeñaba alguna función pública?

–En el ’55 echaron a todos. Yo estaba en la municipalidad, como Secretario del Consejo Deliberante.

 –¿Y ahí es que comienzan a organizarse por comandos?

–Bueno, ahí empiezan a organizar el comando. Acá en Lanús yo era un comando, justamente con los hermanos Ross, con Albedro, con unos muchachos de Avellaneda que no recuerdo el apellido en este momento. Éramos unos cuantos. Había varios grupos. En Lanús, podría haber tres o cuatro comandos.

–¿Tenían alguna identificación con algún nombre?

–No. Las reuniones nuestras eran como toda reunión clandestina. Nos reuníamos en una casa, en otra; buscábamos los que son amigos más afines, los que uno sabe que van a entrar a las acciones en serio. Nos cuidábamos en forma total. Nos reuníamos en la casa de cualquiera. Yo tenía en ese momento un estudio jurídico del otro lado de Lanús en la calle Sitio de Montevideo y sirvió para un montón de reuniones. Ahí teníamos máquina de escribir, teníamos todo; el hecho de que fuera una inmobiliaria, un estudio jurídico, disimulaba un poco porque veían gente, incluso la policía pasaba por la puerta.

–¿Cuántas personas integraban un comando?

–Y en el nuestro, por ejemplo, eramos catorce. Yo sé que había otros comandos acá en Lanús. Podía ser un comando de reunión de cuatro personas que trabajaban en unidad, que trabajaban operaciones de la misma sede que salían de cada uno. No había una instrucción directa de alguien que mandara a hacer algo. La lucha era contra todo el militarismo, contra todos los que hacían la Revolución.

–¿Y el objetivo principal?

–Y el objetivo principal era golpear el problema revolucionario e instalar nuevamente el gobierno justicialista. La vuelta de Perón. Siempre fue el objetivo ese.

–¿Ustedes tenían un nivel de organización dentro del comando o cada uno hacia una tarea específica?

–Había muchas tareas. Nos reuníamos en grupos para, por ejemplo, ponernos en la cola de los colectivos y comenzar a hablar diciendo como estábamos, que nos faltaba tal cosa, que no había trabajo, que con los militares no se podía hablar, que nos bajaban los sueldos, y cuando se armaba el barullo entre la misma fila nos íbamos e íbamos a otra fila. El movimiento era directamente que la gente se interesara por el problema. Íbamos a la Capital para que salga en los diarios. Armábamos la discusión, poníamos el tema de Perón en el medio y cuando se armaba el barajuste nos íbamos. –¿Tenían algún tipo de directiva del General Perón? ¿Algún contacto?

–Contactos había siempre. Al General uno le contaba lo que estaba haciendo, nos felicitaba. Él decía que defendiéramos la causa del pueblo. Y para nosotros la causa del pueblo era luchar contra la tiranía. Incluso nos habían prohibido no solo exhibir el escudo peronista si no también hablar de Perón. Nos pescaban hablando de Perón en la calle y nos metían presos. Una foto que nos encontraban y también nos metían presos. Y si allanaban la casa también. Lógicamente hubo un montón de allanamientos. Fui un montón de veces preso también, porque ellos, mal o bien, sabían quién estaba en los comandos, quienes estaban activando políticamente. No tenían pruebas contundentes pero entraban a las casas creyendo que iban a encontrar de todo y no encontraban nada. Incluso habíamos hecho nosotros la tarea de juntar discursos de todos, de Perón, de Rojas, de Aramburu, de Palacios, entonces los confundíamos. Entraban y encontraban discursos de todos los partidos políticos entonces no sabían de cuál eran en realidad.

–¿Y qué tipo de actividades tenían por ejemplo, a corto plazo?

–Iba desde la mínima acción hasta la máxima. En un montón de acciones no sabias si volvías. Acciones contra regimientos militares. O sea, cuando uno tiene a cargo un comando no puede, de ninguna manera, hacer que las partes principales, o sea las partes más peligrosas las haga uno solo, había que comprometer a todas las partes en la acción. Y si se volteaba un edificio estaban todos comprometidos. Entonces se cuidaba más el secreto, porque cada uno estaba involucrado. Nadie podía decir: “Yo no fui, yo no estuve”. Además era solidaria la gente, ya era una cosa increíble. No había traición. Cuando comienza a descomponerse el Partido, cuando en el ’58 Frondizi asume como presidente, teníamos plena libertad de decir lo que pensábamos, entonces ahí empieza a reflexionar mucha gente, se comienza a ocupar varios puestos, cargos altos y ahí se olvidan de la acción.

–¿O sea que la actividad de los comandos comienza a desaparecer?

–Y comienza a desaparecer porque no tenía objeto. Por lo menos acá en Lanús. Por lo menos los comandos peronistas, porque nosotros le hicimos el apoyo a Frondizi y así gana. Si lo apoyábamos para que sea presidente no podíamos voltearlo después. Después sí hicimos varias acciones un poco violentas a Frondizi porque no cumplía lo que prometió el General. Él tuvo muchas cosas buenas y muchas malas. En aquellas malas nos encontraba rebeldes a nosotros. Él decía que había que tener paciencia en algunas cosas y le ayuda mos todo lo que pudimos, le decíamos las cosas que tenía que hacer para no dejar avanzar a los militares como después los dejo avanzar. Se dejó copar por ellos. Donde había que poner mano dura, aflojó.

–¿Los compañeros que integraban los comandos podían ser empleados, obreros, estudiantes?

–Había de todo. Por ejemplo, Ross era escribano, después otro que era médico, obreros, empleados, de todo había. Yo era Jefe del comando.

–¿Había otros niveles jerárquicos dentro del comando?

–No. Había uno que conducía pero nadie los elegía. El problema era que después de tantas reuniones uno decía: “Bueno, mira, vamos a hacer esto, vos toma la rienda de esto”, pero eso no quería indicar que estaba por sobre los demás. Todo lo que se planeaba, se planeaba en conjunto, llegábamos a un acuerdo todos. No se imponía la condición de jefe como otros comandos que son comandos típicos de asalto, que van y si no cumple, lo matan. No, acá las cosas eran distintas, más de compañerismo, de luchar por ideales, que tiene otro concepto de la política de acción. Nosotros hacíamos esto que sabíamos que afectaba al país, en cuanto al costo, si golpeamos un poste de luz, sabemos que está afectando al país, les cuesta a los contribuyentes. Los hacíamos en pos de un futuro mejor para la gente.

–¿Tenían vínculos con otros comandos?

–Nos conocíamos todos. No podemos olvidarnos que nosotros del ’46 al ’55 fuimos gobierno. Los contactos políticos están en todos lados. La amistad que había con políticos de Capital, de La Plata, de otros partidos, de otros distritos era total. Por ahí ibas a la Matanza había cuatro, cinco personas y te contaban como estaban las cosas ahí; ibas a Avellaneda y te contaban como estaban las cosas allá. Así que por lo general, todo se conectaba. Las acciones eran individuales. Suponete había cuatro, cinco grupos y ellos no sabían que estábamos haciendo nosotros pero por ahí los metían presos a ellos, los torturaban por alguna cosa y podían entrar todos. Entonces sabíamos que estaban haciendo cosas pero no sabíamos qué. Por ejemplo, había un objetivo, se incendiaba un tren y ¿quién fue?, no sé, alguno de los comandos.

–¿Vínculos con la Organización Sindical tenían?

–La gente del sindicato trabajaba por su lado, pero trabajaba. No estaba vinculado directamente. Había comandos políticos y comandos sindicales. No quiere decir eso que no hubiera gente en los comandos políticos que no fuera sindicalista, porque en definitiva eran trabajadores también. Tuvimos muchas, muchas guerras. Nosotros organizamos todo el problema del ’56.

–¿Entonces podemos decir que, a grandes rasgos, las actividades iban de pintadas de paredes, repartir volantes, colocar caños, incendios?

–Hubo un incendio grande. Por ejemplo, en el Ferrocarril Roca estaban acampando los marinos y ahí había una pileta grande llena de petróleo, una pileta bastante grande y un día la incendiamos y se armó un lío de la gran siete. Eso fue muy arriesgado porque había, creo, dos mil marinos, y había que llegar a veinte metros de ellos para hacerlo.

–¿La actividad más arriesgada que usted hizo?

–Hicimos de todo. Cuando fue el golpe acá en Lanús, preparaban botellas de nafta con mecha para tirarles a los tanques cuando bajaban o a la gente que estaba tirando; o tirarles a los milicos desde cualquier otro lado.

–¿Podría hacer un relato de lo que aconteció el 9 de junio de 1956?

–Yo lo sé desde mi óptica. Nosotros veníamos preparando el 9 de Julio del ’56 desde mucho antes. Tenía contacto permanente con el General Valle, con dos coroneles que atendían la parte de Lanús, Avellaneda y Lomas. El Coronel Irigoyen estaba en uno de los comandos y el capitán Costales estaba en otro. Estuvimos un tiempo largo en la casa de este muchacho Albedro; en el fondo estuvimos haciendo las bombas, hicimos acerca de mil quinientos caños; ahí si había objetivos precisos; una gente de nuestro comando tenía que encontrarse en la Capital con el dirigente del puerto, con Tolosa; muchas de esas bombas iban en un tanque de nafta y el tenia la misión de poner en marcha el tanque ese como pudiera, y tirarlo contra el portón de los de la marina ahí en el puerto. Ellos tenían el depósito de municiones ahí muy cerquita y si esa operación se hubiese llevado a cabo, hubiera hecho volar todo eso. Estaba la misión de los contactos por radio. Nos reunimos en lo de Clemente Ross acá en la calle Pavón, en el primer piso hay una escribanía muy grande, ahí nos reunimos esa noche, estuvimos hasta las diez.

–¿Dónde se iban a encontrar?

–Nos encontramos en un Café ahí en frente del Hospital Fiorito. Salimos todos de acá, llegamos al Café, tomamos un café para hacer tiempo y en ese momento cae el hermano de Ross que venía de Rosario, ya estaba acá pero no quisimos enterarlo de nada, hacía dos días que había llegado, había mucho secreto, nos encontramos en el Café y ya no podíamos decirle que se vaya. Estuvimos ahí un rato largo, me acuerdo que estábamos todos de piloto porque lloviznaba ese día, y cuando eran las doce, más o menos, nos corrimos para la radio ahí en Avellaneda, entramos y estaban transmitiendo a La Plata. A Cogorno que lo habían mandado a atacar el departamento de policía, se le dio la orden y se estaba conectando con Campo mayo. Llamaron a unos oficiales que estaban ahí, esperando el llamado y en ese momento entra gente de tropa con armas largas para echarnos a todos. La gente del segundo regimiento militar estaban todos con nosotros y lo que había pasado era que habían detenido al yerno del General Valle con un portafolio y con los planos con las operaciones, entre ellas estaba la operación de acá. Nosotros teníamos que secuestrar gente y llevarla ahí al fuerte de Racing. Teníamos toda gente concentrada ahí adentro. Bueno, desgraciadamente no eran compañeros nuestros, habían cambiado todas las guardias, habían cambiado todo, como tenían los planos nos arrestaron a todos. Salíamos detenidos de la casa esa y en ese momento viene el Coronel ese que no me acuerdo el apellido en un Fiat 600 y, yo no sé cómo hizo en esa cuadra de ahí que era tan angostita, dio una vuelta con el Fiat 600 y se rajó, desapareció. Bueno, nos llevan detenidos y el oficial que nos llevaba nos dice: “Escúchenme, por favor, si tienen armas encima tírenlas; si tienen balas tírenlas”. Los camiones de asalto tienen madera puestas paradas, así que había aberturas y todo el mundo empezó a tirar. Me acuerdo que veníamos por la calle Madariaga y todo el mundo empezó a tirar todo, lógicamente estábamos todos hasta los dientes. Llegamos a la Unidad Regional…

–¿Cuánto compañeros eran los que estaban ahí?

–Creo que eran nueve o diez. Hacia dos minutos que habíamos entrado. Y llegamos, todavía no eran las doce, serían las once y pico porque llegamos a las doce menos cuarto, y a las doce nos pusieron a todos contra la pared y había un montón de civiles apuntándonos; nos movíamos un poco y ya nos querían tirar. En ese momento la radio dice: “A partir de este momento todo los que sean tomados o detenidos deben ser pasados por las armas”. Entonces nosotros nos salvamos. No obstante eso, viene un oficial, un comisario que era amigo y nos dice: “Miren, traten de inventar cualquier cosa porque los fusilan a todos” y conversamos entre nosotros porque habíamos leído, mientras hacíamos tiempo, las incidencias de un partido de San Lorenzo y no sé quién había jugado ese día en Avenida La Plata, y leímos todo e incluso comentábamos el partido ese. Entonces nos toman declaración el capitán Ambrogio y un teniente que estaba con él, que creo que era del ejército, y le dijimos que nosotros veníamos en un camión del partido que había jugado San Lorenzo en Avenida La Plata; cinco o seis dijimos lo mismo, que bajamos a ver qué pasaba porque había mucha gente y en ese momento para la policía y nos lleva a todos, y nos preguntaba que incidencia hubo, quién hizo los goles. Nosotros habíamos leído entonces sabíamos y estuvimos bien, nos salvamos. Le tomaron declaración a todo el mundo.

–¿Qué más le preguntaron a usted?

–De dónde venían, quiénes eran, de que trabajaban. Después de que nos llaman a todos, pasó como una hora y nos llaman de nuevo y nos dicen: “Les vamos a leer la instrucción y se dispone que deben ser pasado por las armas”. Entonces nos pusieron en fila en un paredón con cuatro vigilantes con fusiles, dirigiendo un capitán y un teniente. Al primero que llaman es al Coronel Irigoyen -lo pusieron como coronel a Irigoyen porque lo buscaban a él- y venia con uniforme de coronel, uniforme de la armada.

–¿Porque él tenía un hermano?

–El hermano era coronel y a ese lo buscaban. Los únicos que estaban con uniforme eran el Teniente coronel Irigoyen y el capitán Costales. Bueno los llama, los ponen contra el paredón, les vendan los ojos y los fusilan. Los que tiraban eran los policías y los que le daban la orden era los tenientes. Después de Irigoyen, lo llaman al capitán Costales y lo mismo, y este dice: “No, yo soy militar. A mí me matan de frente”. Fue uno de esos momentos de tensión. No se dejo poner la venda y le tiran así nomás, a un valiente, a un soldado argentino, a un verdadero soldado argentino. Los cobardes solamente tiran así. El vigilante este dice “Apunten, fuego” y le tiran nomás. Y el teniente estaba con la 45 en la mano, no le quiere dar el tiro de gracia, y el capitán le dice que se lo dé y él contesta que no, que no podía hacer eso. Y le apunta al teniente y el teniente apuntándole al capitán; hay un silencio en un momento y ahí afloja el capitán, no dice nada y sigue llamando al teniente. Lo llaman a Ross y bueno, antes de eso veíamos que la fila se iba achicando…

–¿Cuántos eran los que estaban esa noche en la Regional en total?

–Y eran como sesenta personas.

–A parte de estas seis personas que fueron fusiladas ¿recuerda el nombre de alguno de los compañeros que estuvieron esa noche con usted ?

-No. Ahí terminaron con Ross lógicamente, fuimos pasando la voz. Las hijas de Ross cumplían años esa noche, él tiene mellizas, entonces nos dice: “Si ustedes quedan, díganle a mis hijas que las felicito por su cumpleaños, que quisiera estar con ellas, porque aunque estuviera muerto, estaría ahí también”. Lo más bravo para nosotros era después salir e ir a cada casa a decirles a las familias. Bueno, lo fusilan. Detrás pusieron al otro Ross, al que vino de Rosario, lo fusilan por el apellido pero él no sabía nada de lo que estaba pasando. Nos había seguido para saber lo que estaba pasando y después a la radio también. Terminan con Ross y ya habían llegado a cuatro. Lo llaman a Dante, le hacen lo mismo. Lo llaman al chico Albedro, que habíamos estado en la casa de él. Un pibe joven era, todos lo éramos en ese momento. Y los fusilan a los seis. Luego sigo yo y al doctor argentino Saná (hasta no hace mucho fue Juez en Lomas de Zamora y tiene un libro escrito sobre los acontecimientos del 9 de Junio). Nos ponen a los dos la venda, nos ponían de a dos porque eran muchos en la fila y en ese momento le dice: “Capitán, lo llama el presidente de la nación, es urgente”, “Bueno, ya voy” dice. Se pega la vuelta para ir y uno de los policías que estaba ahí, que después lo anduvimos buscando por todos lados, dice: “¿Qué hacemos con estos dos?”, “Esperen que venga” Entonces la angustia era más. Y tardo cinco minutos, que a nosotros nos había parecido una eternidad. Llega y dice: “Paren el fusilamiento”, “¿Y los que están vendados Capitán?”. Dice: “Sáquenles las vendas y llévenlos todos para un cuarto”. Entre nosotros había Comodoros, Tenientes coroneles, Coroneles, había muchos de aeronáutica, muchos particulares. Estaban con nosotros. Estaba el que había sido presidente de Telam. Nos pasaron a todos a otra pieza y lo mismo, todos contra la pared pero esta vez lo más importante fue que no fusilaron más gente porque no revisaron a nadie; no le metieron las manos en el bolsillo a nadie. No sé si habían creído que ya estábamos revisados desde antes, no sé. Porque si hacen eso, los militares tenían todos los planes de acción en su bolsillo, nos hubieran fusilado a todos. Nos preguntaron de qué trabajábamos, uno de verdulero, otro de mecánico, dijeron cualquier cosa. Toda la noche la pasamos así, contra la pared sin dormir; uno por ahí se movía y decían que nos quedáramos quietos o nos mataban. Los comandos civiles eran los que tenían ametralladoras, todos en círculo mirando para la gente. Viene una requisa y revisan las cinturas para ver quien había tenido armas. Viene un oficial inspector, un hijo de re mil puta y un comisario –creo que era segundo comisario en la unidad Regional– y viene al lado mío y dice: “Ve jefe, todos tenían armas” –porque teníamos las camisas manchadas–. Y el otro le contesta: “Cállese la boca, atorrante, ¿Le parece que corrió poca sangre? Usted toque, y no ve nada más”.

–¿Ese quién era?

–Un segundo jefe de la Regional. A eso de las tres, cuatro de la mañana nos dan un pedazo de dulce de membrillo y un café. A uno se le ocurrió decir que el dulce de membrillo estaba envenenado, entonces a pesar del hambre, no lo comimos, los pusimos en el bolsillo o en otro lado. Parecía que tiraban tiros por todos lados, hacían un ruido infernal. Y empiezan a llamar de a dos y no volvían, entonces corrimos la voz y decidimos corrernos todos contra un lado, vamos a morir pero treinta van a poder escaparse. En eso pasa el que era suboficial Martínez, que era industrial, un tipo fenómeno, y como no podíamos hablar con nadie nosotros -era muy amigo mío- le digo: “Mira, pensamos hacer esto” y me dice: “No hagan nada que los están dejando en libertad”. Bueno, pasamos la voz y la gente se quedó callada. Se van otros dos y así sucesivamente, y no volvían, sentíamos los ruidos en la puerta. Pensábamos que los estaban matando, cómo podía ser que no volvían. Los únicos que quedamos fuimos este doctor argentino Saná… bueno llegamos nosotros y ya era de día, serían las ocho de la mañana. A todo esto, en mi casa se enteraron de todo y mi hermano y mi cuñado van al Policlínico Evita porque a los muertos los llevaron ahí, pero los pusieron todos uno arriba del otro. Mira lo que será la impresión que mi hermano y mi cuñado me vieron ahí. No dijeron nada, pero para ellos estaba muerto. Al día siguiente sale en Clarín sobre los fusilados y aparezco en la lista. Volviendo al relato, entran un coronel con un comisario y un subteniente y nos dice: “Ustedes afuera, están libres, pero la próxima no se salvan. La próxima que los agarremos, los fusilamos en la calle. Les damos cinco minutos para que lleguen a sus casas”. A todo esto teníamos que pasar por un pasillo de treinta metros con todos uniformados y armados y le digo al doctor: “No, acá nos fusilan cuando salimos”. Y decíamos: “Si, si capitán, nosotros no hacemos nada, jamás estuvimos en esta”. Vemos que vienen una familia con siete, ocho chicos caminando. Los saludamos les dimos la mano y estábamos desesperados por irnos con la idea de que nos iban a matar a la salida. Entonces aprovechamos que llegara esta gente a la puerta y salimos nosotros. Caminamos ligero, no era para menos, lógicamente y nos metimos en el café de la esquina, en Pavón y Piñeiro y nos metimos en el reservado por las dudas. Nos pusimos a conversar un poco con el doctor de lo que había pasado, de nuestros compañeros fusilados que habíamos estado tanto tiempo juntos y en ese momento el doctor Saná saca un pañuelo del bolsillo y saca una pistolita de un tiro, chiquitita y me dice: “¡Mira lo que tengo acá! Dios no quiere que muera. Yo te juro Lopecito que si yo sabía que tenía esto acá, me mataba”. Bueno aparezco en mi casa y me miraron como un fantasma, imagínate. Después de dos días aparezco en casa, salí en los diarios, me daban por muerto y todo eso. Después se aclararon las cosas y estuve casi un mes así suelto hasta que un día me detienen de nuevo. Me llama un tipo de acá, de la municipalidad: “Mira, te llama El Negro, el inspector ¿Te acordás?” Yo me acordaba de él pero la voz no; y me dice: “Porque yo quiero advertirte de que te quieren levantar y yo me entere y te quise avisar. Te espero en el bar que está en 25 de Mayo y Pavón, el de la esquina”, que se llamaba Belgrano antes, también tenía un reservado. Yo compro el diario, me meto en el reservado, me pongo de espaldas a la calle y de repente me tocan el hombro y eran tipos con ametralladora. Me llevan a la Primera. Me dieron una paliza, patadas, trompadas. El comisario era Mussi. Con el tiempo después lo encontré en Quilmes; me habían invitado a una conferencia del peronismo y estaba ahí dando una conferencia a favor del peronismo, tenía una unidad básica. De más está decir que me puse loco, la gente se tuvo que ir porque yo lo mataba. De ahí me llevaron a La Plata, apenas estuve cinco meses, seis meses, estaba en un cuartel de policía, detenido; no se podía hablar con nadie y cada tres cuatro días venían tres jefes de las Fuerzas Armadas a dar declaración y me interrogaban esos. El jefe de policía era el General Fernández Suárez, atorrante. Me sacaban una noche y me mandaban a otro lado, así que recorrí cuatrerismo, investigación, homicidio, todo lo que tiene la policía como oficinas, lo recorrí. A lo último me pusieron en criminalística, no sabía si era de día o de noche, ahí abre estado diez días y la comida me la pasaban por la rendija y todo lo que hacía era caminar. No sabía qué hora, ni que día era, no sabía nada. Me sacaron de ahí, me llevaron otra vez al departamento. El comisario de ahí era un tipo, aparentemente, fenómeno. Me decía: “Mire, a usted lo tienen acá por esto, y esto. No se caliente, aguante todo, porque lo que quieren es que se caliente y le van a dar con un caño”. Yo tenía que ir a buscar el colchón todos los días al subsuelo, cargarlo y dormir ahí y a la mañana llevarlo otra vez abajo. Pero no se podía dormir, a lo sumo una o dos horas porque pasaba un tipo y te decía: “Acuéstese”, te acostabas y pasaba otro y te decía: “¿Qué está haciendo acostado?” y así como treinta veces. Habré estado seis meses ahí, hasta que un día me largan. Los interrogatorios eran un disco grabado; le cantaba las cuarenta y siempre lo mismo. Un día eran las cuatro de la mañana, me llevan al despacho de la sede de policías y me dicen: “Usted va a salir en libertad, no tiene nada que ver con todo esto pero lo vamos a seguir vigilando”.

–Después de toda esa experiencia de lucha, ¿Qué reflexión le merece haber sido participante de estos comandos de la Resistencia Peronista?

–Lo mejor que me pasó porque, por lo menos, uno tiene la satisfacción de no haberse quedado en su casa. Uno dejaba todo, era muy arriesgado como otros. El ímpetu, el sentimiento, otras condiciones, otras formas de encarar la política, me llevo a participar de forma activa. O sea, yo no podía discutir donde yo no participaba, es muy importante eso. Perón no volvió después de diez y ocho años porque sí. Todo un sacrificio. Muchas muertes, muchos detenidos, corrió mucha sangre. Por eso muchas veces hablan de la democracia. ¿Pero quién luchó más por la democracia que el peronismo? [1]


[1] Incluido en Polese, Rubén. Vencedores vencidos. La resistencia peronista en el Partido de Lanús. Buenos Aires, El Colectivo, 2014.pp.195-205.