El 24 de noviembre de 1945, los gremios que habían apoyado a Perón durante su gestión al frente de la Secretaría de Trabajo y Previsión fundaron el Partido Laborista, que promovió la candidatura presidencial de aquel. Poco tiempo después, el 11 de enero de 1946, apareció su órgano oficial de prensa, el periódico El Laborista, Era este era un diario matutino tamaño tabloide de 16 páginas con secciones fijas como las de política nacional e internacional, policiales, sociales, espectáculos, deportes y por supuesto información partidaria. Dirigido a los sectores populares, especialmente a los trabajadores, su lenguaje era claro, conciso y directo, con abundantes títulos de gran tamaño, frases contundentes, amplias fotografías, caricaturas políticas y dibujos de los candidatos. En su primer número se presentaba exponiendo sus fines: “Ponemos nuestras columnas al servicio de ideas que germinan en el pueblo acuciado por las injusticias de una sociedad organizada para defender los privilegios de los poderosos”. Luego se definía como “un diario de ideas y también de lucha”, pues defendía “los intereses generales del país, la riqueza nacional, el patrimonio y la soberanía de la Nación”. Pero –continuaba- “es fundamentalmente el diario de los trabajadores para defender los intereses de los trabajadores”.

Su primer director fue Ángel G. Borlenghi, secretario general del Sindicato de Empleados de Comercio y futuro ministro del Interior. El periódico brindó su apoyo incondicional a la candidatura de Perón a la Presidencia de la Nación y de Domingo Mercante, su estrecho colaborador en la Secretaría de Trabajo y Previsión, a la gobernación bonaerense. El Laborista se mostró como un diario de barricada que fustigó a la “oligarquía”, término que empleaba para calificar a toda la oposición antiperonista, con especial énfasis a la Unión Democrática, a la que llamaba “Unión Aristocrática”, y al ex embajador estadounidense Spruille Braden.

Al día siguiente del acto eleccionario del 24 de febrero de 1946, el diario tituló en su primera página “El país ha sido rehabilitado de la ignominia del fraude”, acompañado por otro en la segunda que rezaba “Con la sola arma de su voto, ayer el pueblo derrotó a la oligarquía”. Semanas después, luego de terminado el escrutinio, el diario volvió a titular: “Perón Presidente. Resultó electo el primero de los laboristas”.

Cuando Perón unificó a las fuerzas que lo habían acompañado -que en los hechos significó la disolución del Partido Laborista-, el diario continuó apoyando a aquel y a su gobierno. Lo propio sucedió con la obra del gobernador Mercante a través de uno de los directores que sucedieron a Borlenghi, Rodolfo Decker. Luego de la caída en desgracia de Mercante, El Laborista se identificó solo con la figura de Perón y la obra del gobierno nacional, formando parte desde 1951 de la empresa periodística oficial ALEA S.A.. 

Después del derrocamiento del justicialismo en 1955, ALEA fue intervenida por el gobierno de facto, del mismo modo que los periódicos que la integraban, siendo El Laborista entregado para su dirección política –no así su administración- al resurgido partido del mismo nombre encabezado por Cipriano Reyes. A partir de ese momento el periódico brindó información sobre el quehacer nacional y la reorganización y actividades del Partido Laborista, prestando un apoyo crítico al gobierno militar aunque sin sumarse a la campaña mediática de desprestigio de Perón y su gobierno, debido a que apuntaba con su prédica a ganar la confianza de los trabajadores peronistas. Fue designado director del mismo Carlos A. Bracamonte, un colaborador de Reyes en los inicios del laborismo.

La línea editorial del periódico puede observarse en algunos hechos políticos significativos, como fue el levantamiento del general Juan J. Valle en junio de 1956, al que fustigó en duros términos, aunque no se agotó en ello. En un editorial titulado “La Revolución juzga y será juzgada”, afirmaba: “Bien ha estado la mano fuerte reprimiendo el inconcebible motín. La labor iniciada concluirá muy pronto con el castigo de los cabecillas principales. ¿Y después? Ya pasado el fragor del combate, ya superada la tensión de la lucha, debe continuar su ardua ruta laboriosa la Nación Argentina […] El país, que ha sido sacudido por todo este episodio –por la descabellada intentona y por la firme y desusada represión- se interroga acerca de su porvenir […] Argentina precisa del esfuerzo de todos sus hijos, porque le aguardan grandes tareas. Por lo tanto, en necesario convocar a todos, sin más excepciones que aquellas surgidas de los delitos probados a los ladrones públicos, a los delatores y a quienes han torturado a sus semejantes. A nadie más” (13 de junio de 1956).  

Esta última mirada política era la que guiaba al propio Cipriano Reyes, quien la daba a conocer en las notas que escribía en el periódico, en sus giras, actos, conferencias y emisiones radiales, reproducidas en detalle por El Laborista, y que sintetizaba en pocas palabras: proceder “sin odios ni rencores” (12 de febrero de 1956).

Una aproximación a quienes colaboraron con sus notas en las páginas del diario, que mostraron una llamativa heterogeneidad pues allí confluyeron algunos de los periodistas que continuaron luego del derrocamiento del gobierno peronista con otros que se sumaron después. De todos ellos pueden mencionarse algunos, como Miguel P. Tato (1902-1986), que con el seudónimo de Néstor realizaba las críticas cinematográficas a través de su columna semanal titulada “Cinesquina”, en tanto que Emilio Jeanneret escribía notas sobre teatro, Vera Jarach (1928-2025) sobre temática familiar y Jorge Chinetti sobre tenas sindicales, pues tenía a su cargo la sección gremial.

El diario celebró la incorporación del ingeniero agrónomo Mauricio Birabent y del abogado Manuel Molinari, otrora fundadores del diario Democracia, que escribieron sobre temas agrarios –la reforma en la tenencia de la tierra era uno de ellos- y sociales. Otro tanto ocurrió con el reconocido periodista anarquista español Abraham Guilllén (1902-1989), que abordaba cuestiones sociopolíticas y laborales: “No habrá plena ocupación obrera sin defensa de la industria nacional” (7 de junio de 1956); “En la carrera de precios y salarios pierde siempre el consumidor y gana el capitalista” (27 de julio de 1956). Y con el escritor de simpatías trotskistas Luis Franco (1898-1988), que era presentado del siguiente modo: “Desde mañana nuestras páginas contarán con la colaboración permanente de una de las figuras más importantes de la poética nacional al mismo tiempo que uno de los más sagaces ensayistas sobre temas histórico-sociales” (4  de junio de 1956). Otros colaboradores del diario fueron el poeta y letrista Julián Centeya (1910-1974), que lo hacía sobre temática tanguera, el político y ensayista Dardo Cúneo (1914-2011) y el poeta Amado Adip. José Gabriel (1896-1957), periodista de extensa y prolífica trayectoria con un pasado de militancia en la izquierda antes de adherir al peronismo, también trabajaba en el periódico, al punto que falleció en plena tarea junto a su máquina de escribir.

            No obstante, lo expresado hasta aquí, Cipriano Reyes solicitó con insistencia al gobierno la propiedad del diario, que a su juicio le correspondía a su partido. Al cumplirse el décimo aniversario de su aparición, el director de El Laborista firmó un editorial donde consignaba que el mismo había sido fundado por el Partido Laborista como un diario para la clase trabajadora y que había realizado una importante tarea en ese sentido, pero que le fue “arrebatado” injustamente por una maniobra espuria que dejó su propiedad en manos de representantes del gobierno elegido en febrero de 1946. Ahora –continuaba- esa circunstancia dolorosa había sido superada, por lo que avizoraba el futuro con gran optimismo: “El Laborista ha retomado la marcha. La calle ya escucha su voz con oído atento y estamos seguros que no ha de tardar el día en que superemos nuestras tiradas iniciales, aquellas de un cuarto de millón de ejemplares que asombraron a los incrédulos y llenaron de temor a los reaccionarios” (11 de enero de 1956). Varios editoriales se publicaron en los meses siguientes sosteniendo los mismos argumentos: “Insistimos hoy en el derecho que nos pertenece. Mientras se anuncia la designación de una comisión especial que tratará el destino futuro de los órganos que integraron la cadena periodística que sirvió al régimen depuesto, nosotros afirmamos que el único destino futuro posible para El Laborista es su inmediata reintegración a las manos de quienes son sus legítimos animadores, de quienes lo fundaron ayer y de quienes -desde la dirección- hoy lo han puesto al servicio de su pueblo” (23 de abril de 1956).

            Pero lo concreto fue que las autoridades del gobierno de facto tuvieron como meta desde un principio desprenderse de todos los medios de prensa que formaban parte de ALEA, actuando en consecuencia. Así, el 19 de abril de 1956 se dictó el decreto/ley n° 7104 por el que se creaba una Comisión Administrativa de Empresas Editoriales, que incluía a El Laborista, la cual tendría “las más amplias facultades para el manejo y control administrativo, financiero y contable” de las empresas y contaría con un plazo de 120 días para proponer al Poder Ejecutivo “las medidas, recaudos, bases y condiciones necesarias” para liquidar las empresas periodísticas que integraban ALEA. Por decreto/ley n° 814 del 25 de enero de 1957 se daba término a las funciones de aquella Comisión por haber cumplido su cometido, a la vez que se designaba como Interventor Liquidador de las empresas al general Luis González, quién por decreto/ley n° 5880 del 4 de junio siguiente sería el encargado de elaborar los pliegos de condiciones generales para dicha tarea.

            Esto provocó el desplazamiento paulatino de la influencia de Reyes y el laborismo en el periódico, en el que podía observarse un aumento de información de carácter deportivo, de espectáculos y de tinte “sensacionalista”, que fueron acompañados por un mayor número de fotografías, en tanto que la de carácter político disminuyó aunque con una orientación progubernamental. La dirección de El Laborista desde fines de 1956 la ejercía, en carácter de delegado, Luis Arana.

El gobierno a su vez, por decreto n° 6623 del 17 de junio de 1957, aprobó los pliegos de condiciones correspondientes a cada una de las unidades gráficas, por lo que El Laborista dio a conocer el llamado a licitación pública, que vencía el 31 de agosto siguiente. Al no presentarse ningún oferente, el periódico dejó de aparecer el 29 de agosto de 1957, luego de 4120 ediciones y más de once años y medio de circulación ininterrumpida.

Referencias:

Fuentes:

Boletín Oficial de la República Argentina: números 18.141 (20 de abril de 1956); 18.331 (5 de febrero de 1957); 18.415 (11 de junio de  1957) y 18.427 (28 de junio de 1957).

Colección de El Laborista: 1946-1947; 1952; 1955-1957.

Qué. Número 136. 25 de junio de 1957.

Bibliografía:

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Panella, Claudio. “Con Perón y contra la oligarquía y el nazismo. El Laborista y las elecciones de 1946”, en Rein, Raanan y Panella, Claudio (comp.). Peronismo y prensa escrita. Abordajes, miradas e interpretaciones nacionales y extranjeras. La Plata, Edulp, 2008.

Senén González, Santiago. Laborismo. El partido de los trabajadores. Buenos Aires, Capital Intelectual, 2014.

Tarcus, Horacio (Director). Diccionario biográfico de la izquierda argentina. Buenos Aires, Emecé, 2007.

Ulanovsky, Carlos. Paren las rotativas. Historia de los grandes diarios, revistas y periodistas argentinos. Buenos Aires, Espasa, 1997.

Claudio Panella