(Buenos Aires, s f – Lanús, 10 de junio de 1956).

Vivía con su mujer Nélida y su hijo Carlos en Lomas de Zamora. Se dedicaba a la construcción.

Tenía simpatías por el peronismo.

El sábado 9 de junio de 1956 por la mañana, Osvaldo Alvedro utilizó una hoja membretada, de esas que usaba para pasar presupuestos como constructor, para escribirle una carta a su mujer Nélida, y a su hijo Carlos. Faltaba poco para que empezara la rebelión encabezada por los generales Juan José Valle y Raúl Tanco. En sus palabras: “La revolución es contra la más grande tiranía que avasalló con todas las garantías constitucionales de nuestra querida patria. Sé que cuando leas estas páginas, yo estaré muy lejos de esta tierra. Te habré causado el dolor más grande de mi vida, pero tú sabes cuánto te adoro. Porque te quiero con locura a ti, y a nuestro adorado Carlitos es que voy a esta lucha (…) quiero que me perdones por todos los dolores que te di”, escribía Alvedro.

Era uno de los civiles que integraba la célula cuya misión era instalar la antena de radio en la Escuela Técnica Nº 3 de Avellaneda. El propósito era transmitir al pueblo la proclama de Valle. Alrededor de las 21, siete horas después de haber salido de su casa, Alvedro se bajó de un camión junto a sus compañeros con el fin de descargar el trasmisor y montarlo dentro del colegio donde se iba a instalar el Comando Revolucionario. La idea era conectar el equipo a una radio de alto alcance ubicada en el Automóvil Club de Avenida del Libertador, que propalaría la proclama de Valle a partir de las 23. Todos los involucrados debían esperar los pasos a seguir, que serían dados tras la lectura de aquella.

En una casa lindera al colegio, mientras los militantes colocaban el trasmisor, Tanco y el teniente coronel Valentín Irigoyen, entre otros militares y civiles, esperaban para llegarse a la escuela, tras lo acordado el día anterior durante una reunión en el bar La Piamontesa, de Lanús.

Tras el fracaso de la operación en la escuela de Avellaneda, fue tomado prisionero, junto al teniente coronel José Albino Irigoyen, el capitán Jorge Miguel Costales, los hermanos Clemente y Norberto Ros, Dante Lugo y Héctor Joffre y trasladados primero a la seccional 1 de Avellaneda, y luego a la Unidad Regional II de Lanús, donde los esperaba el Capitán de Navío Alberto Salvador Ambroggio, subjefe de la policía provincial.

Fue acribillado a balazos, como los demás.

Fue enterrado en el cementerio de Lanús.

Referencias:

Bibliografía:

Brión, Mario. El presidente duerme. Buenos Aires, Fabro, 2015.

Darío Pulfer